Sobre el Muro y la Pared
Sería faltar a la elocuencia hablar del “muro” sin referirnos a la “pared”. Honor a quien honor merece, dicen por ahí… Y es que, La Pared Negra se ha convertido en un espacio consagrado al arte fotográfico en Cuba desde donde visualiza, proyecta y posiciona artistas del lente de diversas generaciones, otorgándole voz y escenario sobre todo a jóvenes creadores cuyo interés productivo encuentra rumbo en el arte fotográfico. Qué mejor manera para celebrar semejante angosta trayectoria curatorial y exhibitiva que deleitarnos con un recorrido visual por uno de los rostros más persistentes, simbólicos y contradictorios de La Habana: nuestro malecón; amenazante y cordial, según la época y el sujeto.
Sobre el Muro y desde esta Pared Negra se compendian las miradas de fotógrafos cubanos de distintas generaciones, quienes despliegan un mosaico de formas de ver y representar ese borde inquieto que, más que frontera, ha sido refugio, memoria, consuelo, desahogo y compañía. El muro —que en su geografía concreta parece dividir tierra y mar— aquí une sensibilidades, hilvana relatos y proyecta la ciudad más allá de sí misma. Es un espacio tan nuestro que ha dejado de pertenecernos por completo: es de quien lo mira, lo pisa, lo habita… y, especialmente, de quien lo retrata.
Las obras reunidas en esta muestra convierten al malecón en un archivo visual de lo íntimo y lo colectivo. Continúa siendo el testigo perenne de amores y despechos; el apoyo del fiel religioso que desde su maderaje pide y ofrece a su deidad; es el sitio de atardeceres únicos, de nostalgias lanzadas al viento, del silencio ensordecedor del que espera, de la risa del que sobrevive.
El muro sostiene, observa, calla y acompaña. Como línea imaginaria entre lo posible y lo imposible, el malecón ha sido también un umbral. Es archivo vivo, muro emocional, asiento de confesiones y balcón hacia lo incierto y lo anhelado. Es una bitácora de vivencias perpetuas en cada lente: las eternas escapadas de la escuela para un chapuzón, el pescador jovial que nunca falta a su cita con el mar, las miradas perdidas, las lágrimas de la soledad, los atardeceres únicos y nostálgicos, las serenatas y el baile improvisado, el mejor lugar del mundo para compartir, reir y “matar el tiempo”…
Es el sitio donde nos encontramos y nos identificamos, donde hallamos el valor para continuar, donde nos “reseteamos” over and over. Y aun así, carcomido y roto, estrellado, resanado, repintado… sigue aquí, para todos.
Desde esta Pared, el Muro vuelve a hablarnos. Solo queda detenerse y escuchar lo que las imágenes tienen para decirnos.
Alexander Díaz / Yenny Hernández