Hay momentos en la vida en que todo esfuerzo se vuelve fuga.
Como querer guardar agua en una canasta:
el gesto es sincero, pero el resultado es pérdida.
Así ocurre cuando se ama sin retorno,
cuando se intenta sanar a quien no quiere curarse,
cuando se siembra en tierra que no escucha,
cuando se da más de lo que se tiene
y aún así no alcanza.
Es el maestro que enseña a oídos cerrados,
la madre que cuida a un hijo que se aleja,
el artista que crea en medio del olvido,
el amigo que insiste en salvar a quien ya se ha rendido.
También es el cuerpo que la juventud,
la memoria que se escapa entre los dedos,
la fe que se derrama en rituales sin eco.
Pero en todos esos actos —inútiles, sí,
pero llenos de ternura—
hay una belleza secreta:
la del intento que no se rinde,
la del amor que no calcula,
la del alma que, aunque sepa que no basta,
igual se ofrece.
Agua en canasta no es solo una imagen del fracaso,
sino del deseo que insiste,
de la dignidad de seguir vertiendo agua
aunque sepamos que se irá.
Porque a veces, lo que importa no es retener,
sino haber amado.